Cuando Access Games anunció el desarrollo de Drakengard 3 para PlayStation 3, muchos jugadores esbozamos una tímida sonrisa. Lanzada la primera entrega en 2003, Drakengard no se caracterizó por ser un “must have” o un título vendeconsolas, simplemente pasó sin pena ni gloria por el mercado, aunque aportaba unas dinámicas de juego muy sencillas y divertidas. Casi una década después recibimos su tercera entrega, y es una lástima que no cumpla las expectativas.

El poder del dragón

Vayamos por parte. Lo primero de todo: Drakengard 3 está exclusivamente en inglés y mediante descarga digital. No existe una versión en castellano y si uno se quiere hacer con la versión física tendrá que importarla desde Estados Unidos (donde ha salido en ambos formatos). A estas alturas que esté en inglés no debería ser un problema, pero cierto es que el estilo que utiliza puede ser más profuso que en otros títulos de similar calado (y lleno de chascarrillos y bromas).

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Dicho esto, Drakengard 3 sitúa al jugador 100 años antes que el original de PlayStation 2. En esta historia se narra la vida de las Intoners, unas semidiosas que bajaron del cielo para traer la paz a la Tierra. Sin embargo, nosotros controlamos a Zero, la sexta hermana en discordia que quiere acabar con este quinteto. ¿Qué mueve a Zero a este fratricidio? ¿Por qué quiere derrocar a sus hermanas, quienes trajeron la paz a este mundo? Hasta aquí el argumento, que el resto ya es spoiler.

Drakengard 3 flojea en multitud de apartados, y quizás el más visible es el gráfico. En pleno 2014 y desarrollado con el Unreal Engine 3, a Access Games hay que exigirle más. Muchísimo más. No puede ser que un juego que sale al ocaso de una generación de consolas tenga un apartado gráfico más cercano al inicio de ésta que al final. Texturas pobres, paupérrimas, con popping, una caída en la tasa de frames brutal y un tearing que duele a la vista, joder –y perdón por la expresión.

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¿La suerte que tiene? Que el apartado gráfico se ve soliviantado por el sonoro. Aquí no hay fallos, al revés: es precioso. La culpa de todo la tiene Keiichi Okabe, que ya estuvo al mando de la banda sonora de Nier (un spin off precisamente del mundo de Drakengard, aunque tampoco despuntó en el mercado). Asimismo, el doblaje también es de calidad, pero como ya hemos resaltado, en inglés.

Argumento, gráficos y sonoridad. ¿Y el aspecto jugable? Pues la mejor manera de definirlo es con un “muy mejorable”. Drakengard 3 es un hack and slash, y como todo juego de este género sustenta su jugabilidad en el apartado técnico. El problema es que el técnico, como hemos dicho, no va bien, por tanto tendremos a una gran cantidad de enemigos en pantalla y las caídas de frames harán de las suyas.

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De igual manera ocurre con la cámara. Es un auténtico desastre. No sabe colocarse correctamente y siempre ofrece una vista muy cercana a Zero. Y regla número uno de cualquier hack and slash: la cámara tiene que estar lo suficientemente separada de la espalda del personaje por una sencilla razón, para que no nos metan un tortazo por detrás sin que lo veamos.

Por suerte –o por desgracia, mejor dicho- los guantazos que los enemigos asestan van a ser pocos, ya que están “acarajotados”. Sí, coge lo peor de Dinasty Warriors, esa tediosa manía de estar rodeado de siete u ocho enemigos que parecen decirse entre sí: “Pégale tú”, “no venga, hazlo tú, tonto”. Y nada, tú mirando, que tampoco pasa nada.

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Estas situaciones de batalla ven su contrapunto en los jefes finales, que sí son más difíciles y cuentan con una IA más desarrollada. Además, hay que tener en cuenta que también tendremos algunas misiones montados a lomos de nuestro dragón Mikhail, que aunque el control deja mucho que desear, al menos aportan un toque de originalidad y frescura a la monotonía del juego en sí.

Porque ahí radica otro fallo: se vende como un título que combina rol con acción, y la faceta de RPG apenas está visible, más allá de mejorar los cuatro tipo de armas que disponemos (cada una con una serie de características personales). Además, nos acompañan una serie de personajes que iremos encontrando por el camino, pero que no podremos manejar y cuya ayuda es más bien… pobre.

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Drakengard 3 es un título para un público muy limitado. El hecho de que no salga de manera física –comprensible después de jugarlo-, que a nivel gráfico sea un auténtico despropósito –salvo por personajes-, y que a nivel jugable cometa errores de principiantes, provoca que su “target” se reduzca a un pequeño porcentaje, ese mismo que disfrutó con las entregas anteriores en PS2. Lo positivo es que su BSO es una preciosidad, y que dentro del galimatías que suponen los fallos, al menos se deja jugar.

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