En una época donde lo que predomina es que el protagonista esté sumido en el caos y en la más absoluta mierda –y perdón por la expresión-, que un estudio apueste por un concepto totalmente diferente, el de un personaje risueño y soñador, es toda una osadía. Pero eso es lo que ha hecho Mimimi Productions, un pequeño estudio alemán que ha lanzado al mercado The Last Tinker City of Colors.

The Last Tinker es un plataformas clásico, es decir, de la “vieja escuela” si recurrimos a las coletillas. Koru, el protagonista de la aventura, desencadena el mal de la “Monocromía” en la ciudad que habita, que ya de por sí mantenía rivalidades entre los diferentes distritos. Su misión, como no podía ser otra manera, es derrocar a estas nuevas fuerzas que se han erigido en la ciudad y salvar a la misma del caos provocado.

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Bajo este planteamiento se presenta un plataformas que está enfocado, sin discusión alguna, al público más infantil. ¿Es esto malo? Por supuesto que no, pero no se puede esperar una elevada curva de dificultad, ya que no existe. The Last Tinker es como Jak & Daxter (el primero), Klonoa, Tombi o Pandemonium pero orientado a los más niños, algo que se plasma tanto en la carga narrativa de la historia como en el planteamiento jugable.

El control de Koru es muy simple, hasta el punto de que el jugador no necesita pulsar ningún botón para saltar, sino que se acerca a la plataforma mientras se mantiene presionado uno y Koru hace el resto. Con los combos ocurre parecido: rara vez se cae derrotado si se guardan las distancias y se presta un poco de atención al entorno. Son fáciles de ejecutar y no suponen ningún ajetreo (a medida que avanza la narración, Koru adquiere nuevos poderes, aunque no se pueden catalogar como complejos).

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Quizás si uno lee el párrafo anterior piense que The Last Tinker no está pensado para los que tienen más maña. Pero ni mucho menos: a pesar de que la dificultad sea baja, en ningún momento el jugador más experimentado se sentirá desplazado. The Last Tinker es precioso, hermosamente bonito y detallado hasta la extenuación, recomendable para cualquier amante de las plataformas que creció con los juegos anteriormente expuestos.

La historia, que dura entre cinco y seis horas aproximadamente, quizás se convierta en un paseo, pero lo bello de The Last Tinker es disfrutar del mismo: a través de una paleta de colores muy vivos, donde predominan el rojo, el verde y el azul, el jugador se siente partícipe de todo lo que le rodea, hasta el punto de admirar el gran trabajo realizado en la parcela gráfica por el estudio germano.

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Además, el juego es muy estable a nivel técnico, es decir, se mantiene estable a 60 frames por segundo en la mayoría de ocasiones y es posible ejecutarlo en la máxima resolución concebida hasta la fecha como estándar. Y eso se agradece, más cuando los requisitos para moverlo no son excesivos y muy orientados a la gama media.

Las características técnicas se ven condecoradas con la magistral y onírica banda sonora. Desconozco si Mimimi Productions la ha comercializado –y no hago referencia a Youtube-, pero es encomiable el buen gusto de cada partitura, que crea una perfecta fusión entre el apartado estético y el sonoro. Precisamente, esa puede ser la clave de The Last Tinker, la maestría con la que se ha desarrollado el apartado gráfico y musical. Uno sabe que está dirigido a los más pequeños, pero todo lo que aparece en pantalla es tan bonito y se mueve con tal fluidez visual-sonora, que es imposible escapar de ese magnetismo.

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The Last Tinker City of Colors es de obligado disfrute alguna vez en la vida. Quizás durante los primeros compases a uno pueda disgustarle por la extremada facilidad que irradia, pero a medida que la aventura avanza, el contexto en el que Koru se mueve termina contagiando al jugador. La única espina que a servidor se le queda en la garganta es qué habría pasado si Mimimi Productions amplia un poco sus miras y crea también un juego orientado a ese público más exigente. Esperemos que eso ocurra en una segunda parte.

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